Diego Ortiz

Diego Ortiz
Texto incluido en la revista LA FOTOGRAFÍA en el nº 87, oct-nov de 2001

ALEGRÍA DE VIVIR. JOSÉ MARÍA DÍAZ-MAROTO

Realizar un cierto tipo de fotografías requiere la necesidad de moverse, de viajar en busca de situaciones o personas, una cualidad que diferencia claramente esta disciplina de otras artes plásticas. Desde el momento mismo de su nacimiento hay fotógrafos que han sentido esa necesidad de viajar con su cámara a cuestas – y no olvidemos que al principio era necesario un carromato entero- para traerse todo aquello “digno de ser fotografiado”: monumentos, paisajes, personajes típicos o trajes regionales. Hace años, en el Museo de Antropología de Madrid tuvimos la oportunidad de ver una exposición retrospectiva de uno de los fotógrafos más clásicos en este sentido, Nicolás Muller, cuyo trabajo, como el de muchos otros de mediados del siglo XX, se encuentra a caballo entre la experimentación estética, el vouyerismo aventurero y la documentación a secas. Con Cartier-Bresson llegamos al momento en el que se sientan las bases más estrictas de cómo se debe hacer una fotografía cuando uno viaja. Sus criterios, en gran medida tácitos e intuitivos, fueron inmediatamente deificados por miles de incondicionales, capaces de definir casi explícitamente lo que es una buena o mala fotografía en función del método casi más que del resultado. Hoy día, han aparecido posiciones que se han ido haciendo hueco entre la ortodoxia fotográfica y planteamientos más personales. Para muchos fotógrafos el hecho de viajar, aunque sea solamente un fin de semana a casa de un conocido, supone la suficiente dosis de relajo como para despertar los sentidos y ponerse a buscar imágenes en cualquier rincón o en cualquier gesto. Fotógrafos como Bernard Plossu han dado repetidas muestras de esta tendencia a fotografiar sólo-con-la-excusa-de-salir-a-dar-una-vuelta.

José María Díaz-Maroto hace de la experiencia de viajar una prolongación de su propio carácter, abierto y expansivo. Siempre manteniendo su visión peculiarísima e íntima de las personas y las situaciones, huye de los muchos planteamientos rancios y maniqueos comunes en la fotografía de reportaje para extraer en cada momento su visión estrictamente personal. Su trabajo parte de una observación tan rápida como minuciosa de los lugares a los que llega con una pequeña cámara de 35 mm. al hombro. Inmediatamente, casi sin reflexión consciente, pero ya con la idea clara de lo que se persigue y se puede obtener, comienza a disparar, convencido de que no hay reglas que necesariamente indiquen lo que está bien o lo que está mal: viajar (darse un paseo con la cámara al hombro) no se puede convertir nunca en un límite que nos dicte lo que se puede o no se puede fotografiar, debe ser un acto casi espontáneo, semiinconsciente. Las imágenes que obtiene no son desde luego arquetipo del reportaje informativo, no se limitan solamente a mostrar elementos o personas. Más bien mantiene el equilibrio entre la insinuación y la forma, con grandes dosis de misterio encerrado entre las miradas, las actitudes o el entorno físico habitual de las personas fotografiadas.

Las fotografías que acompañan a este artículo aportan además una novedad casi radical en lo que se refiere a este género, ya que son acompañadas de poemas escritos por su gran amigo y músico Enrique Heredia (fundador del grupo “La Barbería del Sur”). José María Díaz-Maroto apuesta por una presentación que aporta dos nuevos puntos de reflexión. Por una parte, el tamaño (mínimo) y por otro la de compartir cartel, una apuesta estética e innovadora, para que la imagen adquiera un carácter sólido no sólo desde el punto de vista físico, sino desde la propia percepción de la obra, a la que se dota de una idea de conjunto, cuidadosamente envueltas entre cartulinas y guardadas en una única caja. Díaz-Maroto agrupa sensaciones visuales que por motivos personales e intuitivos, ha juzgado dignas de pertenecer a la serie “Alegría de Vivir”. Es entre las manos del observador donde el trabajo adquiere todo su significado, presentándose al margen de estilos o modas, guiado únicamente por un refinado gusto…. Por la vida.

Diego Ortiz, 1994

Lola Noguera

5 textos incluidos en el libro “Azules, ocres y el paso del tiempo”.

Paisaje de mujer
Aquellos lugares en los su mirada se abre al azul, color frío que recoge el tono cálido del mar y cielo. Cuando el gusto por descubrir detrás de una puerta la vida suave de la naturaleza se enmarca en la lente un lugar, un espacio, el del infinito que se mueve. Sólo buscó el hueco de la sonrisa que hace la ola escorada en la orilla pálida de la costa y sin embargo, encontró la roca de volcán que cubre con su peso la isleta de aristas rojas. Porque desde la ventana cerrada observa las luces en burbujas de la pared, bolitas de espuma sobre el azul arañado de la edad. Trozos de realidades emplomadas que hacen del tiempo plúmbeos cuadrados en cristales; huecos pequeños que reparten la vida en llanto y risa, y buscan el guiño de su delgadez vistosa más allá del vidrio alado del amanecer. Desde el camino, la carretera o el sendero se acerca a la alegría del sol con paso largo sin detenerse en más destino hilado que el de su sueño. Matices de rojo sangre matizados por muros que se rodean al atardecer de su sonrisa. La tierra y el cielo, el mar y la arena. Silueta de mujer.

Ajuares
Si buscas en el ajuar de la vida encuentras su cuerpo inclinado hacia los avatares de su cocina; porque la plata de sus sienes se mira en el espejo de la juventud que rasura la cara dispuesta a la conquista. Si buscas en su paso lento que se abre a su hueco te miras en la blancura sencilla de su ropa natural mientras el movimiento ágil de un joven se revuelve en compromiso. Pero si te acercas a la expresión sabia de su cara y a la arruga de su cuello vas al camino de la escritura, de la mano que sujeta el papel mínimo para fijar y ordenar el pensamiento. Ella, viejita, atraviesa la vida dejando atrás aquel dolor de la mirada infantil, aquella que el niño enseña con la negrura de sus ojos en una mirada densa de gesto y esfuerzo, de afán y decisión…, como si la caricia fuese golpe y el beso dolor. Vidas de piel morena que pelean con la vida, que se agotan en el movimiento de su fibra delgada, que buscan azules. Vidas.

Solo una vez
El fotógrafo mira solo una vez un paisaje, seres humanos, espacios llenos o vacíos, interiores o exteriores, retratos ambientados o no, mira. Enseña con su mano el camino detrás del parabrisas mojado de lluvia o el adorno natural de un patio que se envuelve de arte. El fotógrafo se esconde y se muestra en la sombra de su cuerpo pegado a la cámara para dejarnos la osadía de una ciudad entera cuando llega el momento de luz que espera; y nos pasea por las calles que van al malecón, al tiempo viejo del coche antiguo o la conversación entre una barra de un hombre y una mujer. Ya son nuestros, los tenemos, y los revolvemos entre recuerdos, sensaciones hasta el abismo de nuestra memoria como ese cortado azotado por la lluvia que roca nos seduce en la nostalgia.

El fotógrafo, el artista, mira solo una vez lo que necesita ver.

Un okupa en la memoria
La mirada de la nostalgia en el rostro del pasado o del futuro, del presente o de la espera. Porque entre la vejez o la niñez nos enseñaron que la vida pasa como esa mítica y literaturizada imagen de la vida en un viaje o de un viaje para la vida nos marcó en la espera de una estación en Berlín y en la de una niña arropada en la pared. Sin embargo, la marca del paso por una puerta en Cuba o los años de memoria en los azules ojos de la madurez marcan el mismo y suspendido tiempo de lo que ocupa nuestra memoria en la sala de espera de la lanchita de Regla. Un okupa que fue azul y será tierra, lo que sí y lo que no; lo que esperamos que sea, el devenir de la memoria. Un okupa.

Una guía, en pareja. La partida.
Porque sobre gustos sí hay mucho escrito; todos los preceptos clásicos, greco-latinos, que plantearon los cauces de la estética con cánones menores o mayores como la universalidad. Porque las preceptivas renacentistas que se cuestionaron a los clásicos ordenaron en tratados los valores de la estética, del gusto…; “para gusto los colores” dice la sabiduría popular, o no, “para los colores el gusto”. En nuestro inconsciente colectivo se guardan los preceptos, las simbologías religiosas o paganas, el sentir social, la educación, las sensaciones estéticas, esas y no otras. Azul del mar y del cielo, ocres de otoño y tierra. El nacimiento y la niñez azules, la madurez y la vejez otoñal…, el frío y el azul, el calor y la tierra ocre: la vida.

Porque el mundo interior y sus cauces estéticos es el que nos salva, la guía desde donde el vigía guarda la playa, el que llenan las pareja cuando hablan, los compañeros que miran el mar, o ese paseo final hacia la partida. Integramos la belleza como la expresión del universo interior que J.M. D-M nos muestra, el suyo, el de sus azules y sus ocres.

Paco Carpio

Prólogo del libro “Azules, ocres y el paso del tiempo”.
“Es posible un arte que tiene su punto de partida en las emociones, transmitidas a través del color, un color cada vez más libre y arbitrario, y no en las reglas prescritas académicamente. Se trata de emociones que se originan en el artista y que hacen referencia a su mundo interior. Visión sincera, intensa y verdadera”.
Paul Gauguin. Escritos de un salvaje.

PUPILAS EN LA PIEL

Del mismo modo que nos confesaba el (buen) “salvaje” Gauguin, las fotografías de José María Díaz-Maroto están también escritas con la luz de las emociones y reveladas con la policromada química del color. Un color igualmente libre e igualmente arbitrario en tanto que ha seleccionado dos tonos fundamentales para escribir su personal (foto)grafía: Azul y Ocre. Agua y Luz. Mar y Tierra.
No he elegido en absoluto al azar esta cita del gran pintor francés, uno de los primeros viajeros-artistas en busca del exotismo de otras miradas distintas a y distantes de la europea. Ante la mirada clara, fría y cruel de Occidente (Rimbaud), la mirada cálida, curiosa, azulada y albero de un viajero en busca de otras tierras. Pupilas sobre la piel tostada del Caribe, de Canarias, del Cabo de Gata, de Brasil…
Nuestro artista nos dirá: “…los viajes alimentan mi espíritu…” Y, sin duda, el viaje ha sido y es avituallamiento constante y fundamental en su mochila… de viajero.
Desde Marco Polo a los fieros vikings pasando por Ibn Batouta, de Paul Morand o Valery Larbaud hasta llegar a los singulares viajeros del romanticismo (el antecedente menos pedestre y más ilustre de la actual raza de los turistas…), viajar ha supuesto una constante del hombre por encontrar y traspasar límites, los de la tierra o los suyos propios. Decía Henri de Montherlant que “de todos los placeres, el viaje es el más triste”. No lo sé. Seguramente sí que es el más

personal, el menos transferible. Placer, tristeza, búsqueda, descubrimiento o transgresión lo cierto es que fotografía y viaje han recorrido juntos -montados en un tándem de cuatro ruedas y dos manillares- un largo camino.
De esta manera, a través del viaje, el fotógrafo se convierte en un nuevo Doctor Livingstone (I supose) en busca de la mágica orografía-fotografía de unas nuevas y emulsionadas fuentes del Nilo. Aunque no siempre el viaje físico es el más fecundo, el más fértil. En ocasiones es mejor iniciar y documentar un viaje inmóvil, encontrando igualmente entre las cuatro caras del mundo de una habitación, todos los paisajes, todos los rostros, todos los cuerpos, todas las esfinges y enigmas.
Creador de parajes fotográficos, cazador de territorios, muchas de las fotografías que presenta en este nuevo proyecto siguen arrojando una mirada tan teñida de sus propias experiencias que parece haber sido proyectada más sobre un mundo inventado que sobre un mundo inventariado. Se convierte así en contrapunto (aunque a la vez en cómplice…) de otros viajeros, en este caso, inmóviles: Thomas de Quincey, Kafka, Pessoa, Julio Verne, Kavafis, Marcel Schwob, Cunqueiro o Lezama Lima, quien desde su aislamiento en La Habana (un lugar, por cierto, abundante y amorosamente fotografiado por Díaz-Maroto) afirmaría: “pocas personas han podido viajar tanto como yo entre los muros y anaqueles de mi biblioteca”…
Esa necesidad impulsiva y compulsiva por conocer nuevos espacios, humanos y naturales, que supone el viajar está, pues, bien presente a lo largo de toda la trayectoria artística de José María Díaz-Maroto.
Una trayectoria que ha estado casi siempre signada por la curiosa e inquieta mirada del documento, del registro (siempre individual y subjetivo) de la individual y subjetiva realidad… Desde el punto de vista historiográfico, la fotografía documental y el reportaje se han encaminado por dos senderos diferentes: uno signado por la técnica, la evolución de cámaras, procesos y acontecimientos, y otro más acompasado con el ritmo de la(s) historia(s) al modo que lo interpreta Gisèle Freund, desde un punto de vista económico y social. Otros autores como Susan Sontag o Walter Benjamin sitúan su evolución bajo una vertiente ideológica, de mitos y acontecimientos históricos como marcadores de su rumbo, llegando a considerarlo un método de control social, tal como llegaría a afirmar Foucault.
La concepción de la fotografía como un ámbito de representación de la realidad y de la vida humana, a través de un múltiple filtro económico, social, histórico e ideológico ha estado -y está aún- presente en la ética (y en la estética) de la mirada de un buen número de fotógrafos.
Ese carácter documental y social presiona la voluntad y el disparador para traernos ante el primer plano de nuestra conciencia la mayor profundidad de campo humana posible. Las estrategias del documento, ligadas a un deseo de reflexión sobre determinados paradigmas de los comportamientos antropológicos, culturales y consuetudinarios de la sociedad, se constituyen igualmente en señas de identidad de buena parte de sus obras. Imágenes para escribir con luz (fotografiar) allí donde en muchas ocasiones no hay demasiada luz…
Como ya he señalado, formalmente estas fotografías se construyen con la bipolaridad de dos colores esenciales. Por un lado (de la paleta) el azul. “¿Qué es el azul? El azul no tiene dimensiones. Está más allá de las dimensiones de las que beben otros colores…” Apasionado por el cielo azul de su ciudad natal, Niza, e inspirado también por los frescos azules del Giotto en Asís, para el artista francés Ives Klein este color, como el mar y el cielo, encarna los aspectos más abstractos de la naturaleza tangible y visual.
Pero el azul no es sólo el azul de Klein. Recientes investigaciones basadas en estudios informáticos han calculado la existencia de unos cuatro millones de tonos azules… Suficientes para saciar el paladar cromático más exigente y refinado.
Recuerdo a Rafael Alberti diciendo: “El mar invade a veces la paleta / del pintor y le pone / un cielo azul que sólo da en secreto…” (A la Pintura).
Un lenguaje de matices fríos –y a veces inexplicablemente cálidos- con los que hablar el idioma eléctrico y húmedo del mar, de las nubes, de la melancolía, de la luz de oriente. Azul agua, azul sueño, azul de la memoria y el viaje, de la dulce tristeza, de las venas marcadas en la piel morena. Un dibujo sensible y sensual brota de la carne añil-índigo-zarco-endrina-garza-marina-aciana-lapislázuli-ultramar de estas fotografías.
Ante la –aparente- frialdad del azul, el calor de otro color. El ocre es un color que contiene los básicos del espectro, es decir una base en amarillo, algo de rojo y algo de azul. El ocre nos parece un color fogoso pero, a la vez, connota placidez y serenidad.
El uso del ocre es tan antiguo como la propia huella del hombre. Huella ocre en la tierra. En las paredes de la caverna. En las pisadas del suelo. En la mirada del cazador. En el oro-orín de la ambición. En la luz de ciertos ojos y de ciertos cabellos. En la piel del deseo. En las lenguas del sol. Amarillo del limón, siena claro de las pieles tostadas, matiz samoano, caribeño, andalusí, láminas doradas de los atardeceres tropicales.
Es también el color del oro. Dice Juan Eduardo Cirlot en su espléndido Diccionario de Símbolos: “… a consecuencia de los millones de rotaciones en torno a la tierra (o inversamente) el sol ha hilado el oro en ella. El oro es la imagen de la luz solar y por consiguiente de la inteligencia divina. El corazón es la imagen del sol en el hombre, como el oro lo es en la tierra…”
Al elegir también este color como el otro hilo (de oro…) conductor de la temperatura visual y formal de sus fotografías, Díaz-Maroto pinta su mirada con un doble y dialéctico registro cromático: frío y cálido, agua y luz, septentrional, meridional; las dos caras de una misma y ambidiestra moneda coloreada.

Junto a estos constructos cromáticos, la representación visual de la memoria, esto es de la narración temporal de las historias personales y públicas, constituye otro de los ejes fundamentales de su propuesta.
En el libro IV de la Física señala Aristóteles, en relación al Tiempo: “[…] es, por un lado, lo que fue y no es más, por otro lado, lo que será y no es todavía…”. Un concepto que engloba pasado, presente y futuro como una suerte de continuum elástico, eterno y circular, y que ha supuesto a partir de entonces el objeto de deseo filosófico de un gran número de pensadores, desde San Agustín hasta Kant, Bergson o Heidegger, entre otros muchos.
Del mismo modo, el Tiempo, junto a otros territorios conceptuales ligados a él, como puedan ser el sentido de lo que perdurable o no, e igualmente la idea de memoria, y los filamentos del recuerdo de las experiencias (personales y compartidas) son también objetos de deseo, en este caso, artísticos, que Díaz-Maroto intenta conjugar con el verbo de sus imágenes fotográficas.
Una buena parte de estas fotografías reflexiona sobre el paisaje y se inserta dentro de ese ámbito de observación y meditación (dos palabras que, inevitablemente, siempre acaban rimando) de la naturaleza del que nos hablaba Cicerón. Un ámbito, por otra parte, del que Nietzsche nos dirá en El viajero y su sombra: “El que se resguarda totalmente contra la naturaleza, se resguarda también de sí mismo: jamás le será dado beber de la copa más deliciosa que puede llenarse en su recóndita fuente”.
Pero el paisaje no es únicamente el ámbito “real” y físico de la naturaleza, ni siquiera el resultado de la intervención que la historia, es decir el hombre, ha operado sobre él. El paisaje será también el continuum de factores culturales y estéticos que definen, signan y representan un territorio, un lugar. En esencia, una elaboración mental que realizamos a partir de ‘lo que se ve’ al contemplar un territorio, un país.

Y tampoco se trata de un paisaje en el que la huella del hombre –ni por supuesto su propia presencia- se convierta en ausencia. Todo lo contrario, la naturaleza siempre aparece en relación directa con lo humano-urbano. Como el propio José María mismo nos confiesa: “…sobre todo me interesa el ser humano y todo lo que le concierne….” Sentimos pues el latido, la sangre y la carne de los principales actores del teatro de la vida: los seres humanos. Se unen así pues, país, paisaje y paisanaje. Una tríada que, sin duda, merece la pena ser foto(carto)grafiada…

Francisco Carpio 2014

Guillermo Fesser

Texto incluido en el libro Photobolsillo nº 18, editorial la Fábrica.

CAZADOR DE ESTRELLA FUGACES
José María Díaz-Maroto es un ser humano con todos sus complementos, incluido el don de la fotografía, que lo trae fuera de serie. Como un cazador de rebecos que espera paciente la llegada de su presa al atardecer, Díaz-Maroto se recuesta en un paisaje que le sugiere nostalgias, por la luz, por la naturaleza, o por el cemento, y aguarda a que alguien se cuele desapercibido en el cuadro para cazarle el alma con el ¡click! aparentemente improvisado, de su cámara. Quizás por eso el objetivo de este madrileño, que viaja al Norte con insistencia buscando los recuerdos de su infancia, suele retratar paradójicamente el Sur, lugar en el que habitan los sentimientos más íntimos de las personas.

Todo comenzó a finales de los sesenta cuando, siendo un lechón de doce años, se atrevió a pedirle a su padre la Lowell Cinefilm. Aquella máquina, de objetivo fijo acromático y tan sólo tres diafragmas, le sirvió para captar en negativo la Primera Comunión de una prima. Eran los tiempos en que el chaval vivía en la burbuja de ilusión ficticia de las casas militares de El Pardo, pensando, como el hijo en la fábula de Roberto Benigni, que la vida era bella.

En aquellos días el fotógrafo daba por hecho que todos los padres de España eran militares, que todas las familias de la península gozaban de una vivienda digna y que los pobres sólo salían en los crismas navideños de Ferrandis. Ya llegaría el desencanto cuando le tiraran para atrás en las pruebas físicas de ingreso a la Academia. La natación, hijo, que siempre ha sido muy perra. Pero antes le quedaban muchos veraneos en Asturias, la tierra de su madre, y una noche mágica en la parroquia de su tío el monaguillo.

Ocurrió, como acontece todo lo grande, en un pueblo pequeño: San Roque del Acebal. Cuidaba de la iglesia un cura que combinaba los misterios de la conversión del vino en sangre con los secretos de revelar en un laboratorio oculto a las miradas. Y así, una noche, que en principio no aportaba nada de especial con su meteorología, Díaz-Maroto se encontró en la sacristía de frente a la ampliadora. Asistido por su tío monaguillo, el cura de San Roque se dedicaba a atrapar fantasmas. Surgían los espíritus de un haz de luz, los atraía el padre con sus conjuros hacia un papel blanco satinado y los fijaba para siempre entre las ondas de un estanque de andar por casa.

Se sentía Díaz-Maroto partícipe de una ceremonia prohibida, intuición que ganaba peso por el ambiente creado con la bombilla de color rojo y el olor a vinagre que envolvía la pequeña estancia. El adolescente se dejó recorrer por pensamientos contradictorios que abarcaban, desde la idea de salir por patas, hasta la de quedarse allí de aprendiz de brujo, y para cuando quiso reaccionar, notó que la magia de la imagen se acababa de adueñar de él para siempre.

Tras el fiasco del ingreso a la Academia Militar -hijo mío, qué disgusto- Díaz-Maroto, como Mambrú, se fue a la guerra. Acababa de cumplir los dieciocho cuando se le abrió de golpe, en la mili, el espectro humano de España. Y es allí, en el Regimiento de Transmisiones de El Pardo, donde habría que buscar el origen de todas las fotografías que ocupan este libro. No porque allí combinara la emisora QRK, que transportaba todo el día en la chepa, con una modesta cámara que le servía para documentar las maniobras de apoyo realizadas en Cáceres y en Burgos. No. Y no, porque el equipo no era bueno y el resultado tampoco como para echar cohetes. Qué va. El principio de su carrera, la verdadera llamada de la selva, amaneció en el brutal encontronazo del soldado Maroto, el de la moto, con un •paisaje de hombres tan desconocidos que se le destapó el hambre por retratarlos.

Confluyeron en aquel servicio militar jóvenes venidos de muy diversos rincones; y, atenta la compañía, hablamos de una época en que los puntos cardinales eran más de cuatro. Además de convencionales los había borrachines, primitivos, poetas, insociables, mecánicos de taller, raros, zarrapastrosos y alguno, incluso, hasta antimilitarista.

Bajo estas circunstancias, naturalmente, la burbuja de felicidad que Díaz-Maroto traía puesta con el logo de ”Spain is Different” se le marchó al carajo. Tuvo suerte, sin embargo, porque la explosión de ese mundo redondo y perfecto no le dejó malherido. Como en• •esos extraños accidentes aéreos en los que un pasajero de la fila 27 salva milagrosamente la vida, la onda expansiva le pasó rozando y pudo observar indemne cómo ese mundo estallaba en miles de planetas diversos, y se le conformaba un nuevo mapa con la galaxia apasionante de los seres humanos que habitamos la tierra.

Con el paso del tiempo y basándose en esa sencilla experiencia, el artista ha creado su peculiar manera de observar a las personas a través del objetivo. Ha aprendido que a sus protagonistas, como a las estrellas fugaces, no se les puede controlar el rumbo. Los que se le meten en campo son hombres, mujeres o niños que surgen de improviso, se detienen un instante y desaparecen para siempre. No cabe darles órdenes, colocarles o modificarles la luz de contra. Sus retratos son como fotografías de astros efímeros, que tienen su momento de gloria en el firmamento, y solo el hecho de haber permanecido a la espera le posibilita captarlo.

En general, los trabajos de Maroto, -vale ya de tanto Díaz, que el apellido compuesto le da al artista una lejanía que no se merece- son historias de viajes. De viajes de todo a cien. Y no lo digo en sentido peyorativo, sino más bien con la intención contraria. Son viajes hacia lo cotidiano, una sonrisa, unos andares, en los que poco importa la geografía en donde ocurran. Por ejemplo, cuando Maroto retrata Cuba, no anda buscando las palmeras o malecones que irremediablemente terminan colocándose en sus disparos, sino esas miradas que lo dicen todo acerca de la cultura visitada.

Conviene tener esto presente para que la fotografía de este autor no le llame a uno a engaño. Aunque nos empeñemos en ver paisajes, sobre el papel siempre reside la intención del retrato humano. Es cierto que tiene lienzos en blanco y negro de caminos, de acantilados y de edificaciones, pero no olvidemos que siempre planean sobre la naturaleza las huellas de quienes la habitaron. Así, cuando retrata el mar Cantábrico, está pensando en su hija que se encuentra en Irlanda, más allá del horizonte. Y cuando capta la casa del indiano en Llanes, vienen a su memoria los ecos del jardín de sus abuelos.

Pero quizás la virtud más destacada de este fotógrafo madrileño sea el conseguir que, al observar sus trabajos, dé .la impresión de que le han salido bien por casualidad. Son fotografías sin truco, sin montaje. Cada una de ellas se parece a esa foto que todo aficionado guarda como oro en paño y que le salió de chiripa, sin entender muy bien cómo, después de quince años de tirar carretes. La única diferencia es que Maroto, antes de recoger las pruebas en el laboratorio, ya se sabía el resultado. Maroto no monta encuadres, pero los busca. No provoca la acción de los personajes, pero les espera.

Y es en la combinación de localizar el sitio adecuado y aguardar paciente la llegada de su víctima donde salta la chispa que nos cautiva al observar sus resultados.

La clave, si hubiera que buscar alguna, reside en que, al ver sus fotos, todos pensamos que podríamos haberlas hecho nosotros. Ojalá pudiéramos.

Guillermo Fesser. 1999

Texto incluido en el libro PhotoBolsillo nº 18 – La Fábrica

Miguel Ángel Galguera

Texto incluido en el libro “Un camino Natural”.

EL ESPEJO RETROVISOR DE LA MEMORIA
En el Valle de Mijares, como en cualquier otro valle, cada cierto tiempo cambian de cura párroco. Dicen los viejos que allá por 1900 arribó uno de tan grande talla que le apodaron El Curón. Cuando tuvieron que darle tierra hubo sus más y sus menos con las medidas de la caja mortuoria. A un rapaz que lo vio de cuerpo presente, como una fotografía, le quedó la imagen impresa en la retina. Aquella mente se estropeó y el chaval ya nunca fue el mismo. De mayor le conocí, cuando aliviaba su desvarío inofensivo dibujando a grafito trastornadas figuras de peces en horizontal. A los críos de los años sesenta nos hacían estremecer aquellos dibujos. Su discurso, extraviado y farragoso, no evitaba que fuera hecho con la mejor de las sonrisas. El recuerdo que me queda, como una fotografía, es su apacible sonrisa y su expresión de yo sé, chaval.
En los sesenta, precisamente, llegó a San Roque del Acebal otro cura, sustituyendo al anterior, que fuera despedido, por traslado, no por defunción, con sesenta docenas de cohetes, que ya son cohetes. No debía de estar la feligresía de la parroquia muy satisfecha con su sagrada misión. Pero ésta es otra historia.
El nuevo era un cura a la moderna trazado: comprensivo con la mocedad, cambiante en tiempos cambiantes, y tierno con los ancianos. A los hijos de madre soltera ya no se los bautizaba a escondidas ni negaba tierra sagrada a los suicidas. Los tiempos, afortunadamente, habían cambiado.
Amén de sus cualidades, el que, tiempo andando, se rebotara y, sin enfadarse, colgara de una percha los hábitos, casando con una buena mujer que, hasta donde uno sabe, le sigue amando, no empece para lo que se va a contar aquí. En estos renglones, es una orden, se viene a escribir de fotografía. Nada me satisface más que disertar sobre fotografía y fotógrafos. Yo, que no sé ni apretar el botón de una cámara, tan sólo soy y seré un espectador de la vida, vivo entre fotografías, que me ayudan al recuerdo, aunque me coloquen cada ración de melancolía que tiembla el misterio.
Pues bien, el sacerdote, además de la lectura incesante, poseía una afición confesada: el cuarto oscuro. En los bajos de la casa Rectoral donde moraba, instaló un así como laboratorio fotográfico para que revelaran sus negativos los rapaces del pueblo y veraneantes de mucha confianza. A mayores, gracias a él y sus estímulos se llevó a cabo el homenaje más tierno a la madre más anciana del valle, y a la vez se realizó el primer cross que vimos en el pueblo, nunca entendí qué tendría que ver una cosa con la otra. En la carrera pedestre venció Fernando Borbolla, que corría- y pienso que aún corre- como un gamo. La anciana, el devenir del tiempo, falleció años más tarde superado con creces el siglo de vida en la tierra. De todo ello, de los dos eventos, digo, quedan fotografías.
Y llegaron los veraneantes aquel estío lluvioso de un año mal recordado de finales de los años sesenta. Entre ellos, José María Díaz-Maroto, y Galguera, permitida sea la coquetería y el allegamiento a la cercanía de su madre, Esther, que es hermana de quien, escuchando al Camarón y sorbiendo unos suspiros que parten el alma, trata sin lograrlo, de ser ocurrente y pergeñar por lo formal estos renglones que destilan melancolía.
Aquel laboratorio clandestino, pero inocuo y amable, por lo que yo conozco, inyectó el veneno del líquido de revelar a Díaz-Maroto, y bien estuvo que fuera de tal guisa, visto lo visto. Mientras uno, éste que hoy aporrea la tecla, perseguía rapazas por las romerías y trataba de aprender a escribir (nunca lo conseguí), otro, él, revelaba fotografías y conseguía que las rapazas lo persiguieran a él. Natural, el forastero, hijo del pueblo, al fin, no era mal parecido e iba a ser fotógrafo: tenía futuro.
A la sombra velada de aquel santuario de los sueños y el misterio de la técnica del revelado acudían nativos y veraneantes rapaces, sin pegarse entre ellos. Pasaban tardes enteras, y eternas, sin dar la tabarra en casa ni meterse con nadie. Aprendieron a conseguir que una persona diera fuego al cigarrillo que su otro yo le arrima desde el ángulo opuesto de la misma fotografía; ardid que, supongo, pertenecerá a los inicios de cualquier aficionado, pero que a nosotros, profanos y segadores, nos llenaba de admiración, máxime a quienes no eran dados a tabacos. Éstos, en las pruebas fotográficas, tosían. Allí velaron sus primeras armas en el arte, sí, en el arte, de la cámara oscura que diría Nabokov, chavales que hoy son dueños de restaurantes de tronío, banqueros, oficinistas o emigrantes en México. Uno de ellos se hizo fotógrafo, como no podía ser menos. De diez uno, tampoco es exigua la proporción. El párroco progresista puede dar por bien invertidos los gastos que le hayan significado el mantener aquel cuarto cerrado a los intrusos y abierto a los aprendices o no prácticos pero sí interesados en la materia.
Por las fiestas del Rosario, igual que los gaiteros o el grupo músico-vocal conocido por La Marazul, para los del valle Los Panchines e iban que arreaban, acudía puntual un fotógrafo que retrataba la procesión y luego vendía las fotos a los clientes, ataviados con el traje típico de porruano y llanisca. Aquel verano, una serie de borrosas y desenfocadas fotos nos recuerdan a todos que los rapaces, Díaz-Maroto entre ellos, practicaban como locos con todo el que se les ponía por delante. Foto tengo en mi ajuar que, pese a que me aseguran que se trata de mí, a la presente sigue planteándome dudas razonables. En fin, allá los que saben, tampoco es cuestión de mostrarse pertinaz. El caso es denunciar que aún quedan por los álbumes pruebas irrefutables de cuán malos eran en sus inicios aquellos pioneros que bien podrían denominarse sin empacho integrantes cualificados de La Escuela de San Roque.
El fotógrafo profesional, comprensivo y nada mal tomado, se enfureció muy poco, casi nada, y no presentó reclamaciones ni pleitos de menor cuantía, pero no aceptó, pienso que en venganza, volver a hacer fotos el día del Rosario. ¿Y las obras de teatro que hacíamos para pagarnos los viajes a Santiago de Compostela, Madrid y San Sebastián? Tampoco. A cambio, se dedicó a fotografiar con acierto cierta roca sobre el mar, desde el Paseo San Pedro de Llanes, que, tiempo andando, dado que le salió tan artística, sería conocida como la Cara de Cristo, y buenos royalties le aportó toda su vida.
Pegando saltos, entre digresiones mal traídas, entre las bromas y las veras, se viene a decir ahora que la fotografía, lo tengo escrito ya más veces, debiera haberse inventado no menos de trescientos años antes. No hay, al menos para mí, mejor compañera de la Historia que una buena fotografía. Para nuestro consuelo, acompaña el recuerdo de aquel pretérito familiar más o menos reciente. Sabidas son las horas que pasa nuestra parentela contemplando viejas fotografías y comentando detalles.
Acepto que la fotografía, como arte que es, cumple muy otras funciones que despertar la melancolía de un letraherido, pero, ahora, estamos a lo que estamos. También, me lo dijo un viejo y querido fotógrafo que acompañó a De Gaulle en su vida política, cuando la fotografía apuntala a una noticia publicada en un periódico, al día siguiente sirve para envolver el bocadillo de un obrero o el pescado que un ama de casa compra en el mercado. Fue una de las lecciones de humildad más provechosas que me dieron en la vida.
Conozco bien la fotografía pública de D-M. (ay, ese negrito guiñando el ojo al ojo público de la cámara de un gayego de Madrid, siempre Cuba en el corazón de todo asturiano que se precie), pero me apetece hablar hoy de fotos menos conocidas y hasta puede que privadas, que, sobre no ser vistas habitualmente en exposiciones o catálogos, parecen hechas sólo para mí aunque las comparta gustosamente con el mancomún, y de las cuales el autor, en sus miles y miles de instantáneas, puede que ni se acuerde. Así, la foto de Itziar y Miguel, enanos, niños de tres años, y vestidos con los trajes típicos de asturianos, bajo el peral familiar que con tanto mimo cuidaba el abuelo y al que, en veranos de sequía, D-M y yo le echábamos cubos de agua, para que siguiera dando aquellas peras sumamente dulces, inigualables. De fijarnos en esta fotografía familiar, observamos detrás de los niños una yegua, joven potrilla que respondía por Romina y que, cuando la vendió Javier a un conocido, desapareció de la noche a la mañana y jamás se supo. La robaron los cuatreros, fue la explicación que nos dieron. En aquella instantánea quedó detenida la ausente, junto a nuestros hijos.
Ay, esa foto que los catálogos nombran Camino de la fuente, y a la que yo añado el apellido de la fuente Rugarcía. Me duele esa foto como una rasgadura en que algún dios malo hubiera colocado salmuera de vinagre. Me transporta a la infancia, tan lejana que sólo queda escribir de ella, perfilada de lloros, dolor de oídos, lluvia sobre la hierba recién segada de Las Llanchas y prisas para terminar la tarea e ir a la romería de Santa Marina en Parres. Luego, en el invierno de Madrid, guardaría el D-M. los vaqueros raídos, con orden estricta, o ruego humilde, a la madre de no lavarlos porque conservaran el olor a verano y sidra. Pienso que esa infancia, patria, estoy de acuerdo con Rilke, me la capturó un fotógrafo (Jose, que se la llevó con él al cielo, y sé lo que digo), siendo un braguillas de cuatro años, retratándome en pijama, repeinado y con un coche de juguete en las manos. A ese niño que fuimos, debemos quererlo y llevarle siempre muy cerca del corazón.
Ay, esa otra del lavadero de San Roque del Acebal, Llanes 1999, con su pequeño letrero que dice Prohibido lavar veículos y coger cisternas de agua. Si nos fijamos con atención, a todo lo largo de la pared blanqueada quedan restos de otras pintadas en color almagre. Uno conoce muy bien qué y cuánto significaron en la pequeña historia de su aldea, pero no se puede escribir todo. En fin, al lado de esa fuente, a finales de los sesenta, ensayábamos los rapaces la Yenka y les decíamos, en bable, picardías a las turistas francesas.
Aquí viene una lágrima que otrora se derramaría sobre el folio o recado de escribir, y que hogaño, milagros del progreso, ese puñetero que todo lo torna más frío, resbala sobre las teclas del ordenador y se va a no sé qué profundidades del teclado. D-M., eso es lo que has logrado implicándome a escribir sobre tus fotografías que, quieras que no, conforman nuestras vidas familiares, encuadran lo pretérito y concitan los recuerdos. Un segundo después de apretar el botón del obturador, ya es pasado y la foto ha detenido el tiempo, el enemigo que coloca bien de canas en el pelo del fotografiado, y al que de nada sirve que le digas, Tiempo, no vayas tan deprisa.
Escribir sobre fotógrafos y fotografía me place. Lo hago con gusto y lo sabes, pero, asimismo deberías saberlo, tu tío siempre fue un sentimental que soñaba novelas mientras otros, más despabilados, se iban de bureo a Ribadesella o Gijón. Pongo la protesta porque tengo la sensación de que, seguramente, éste no es el texto escrito ideal para acompañar un catálogo de fotos que puede dar, con seguridad la dará, la vuelta al mundo.
Otras fotos de cualquier fotógrafo, qué más da. Aquella de mi primera comunión, la cual, pese a que la hicimos con cuatro años de diferencia, me une a mi hermano Javier merced al truco de un fotógrafo que, al ampliarla, nos unió ya para siempre, por lo que, aunque la vida nos separó geográficamente, juntos miramos de frente, ligeramente a nuestra izquierda, al porvenir de la vida. Si nos detenemos en esa retrospectiva, se descubre que, milagro de la técnica, el traje de marinero que portamos ambos con orgullo, es el mismo.
Al final, echo de menos una foto de D-M., que existe y no tengo ahora a mano. La busco y la encuentro, entre papeles manuscritos. Fue una exposición de 1984 en Guadalajara. Es una chica, Conchita, esa sobrina hecha de ternura y lejanías, en fin, la vida y sus trabajos, cualquier verano volveremos a abrazarnos. Se refleja en un cristal, un calvo trata de entrar por otra puerta, toda un escena sin palabras. Yo, en mi memoria dispersa, la uno a otra instantánea, junto a un coche en el que se ve el espejo retrovisor. Me parece, aunque sea de tiempos primerizos, la foto más sugerente de cuantas conozco de D-M. Me recuerda aquel espejo retrovisor del coche del tío Rufino por el que mirábamos cuando nos llevaba a coger el tren de Torrelavega, en diferentes viajes, camino de Madrid unos, o de Valladolid otros. Cuando salíamos de San Roque del Acebal, del Valle de Mijares, por ese espejo, cámara de fotos colocada al revés del sentido de la marcha, veíamos cómo el paisaje, las casas de La Concha y los abuelos, la mansión llena de misterio de Doña Gloria, otra foto de D-M y otra novela mía, la gasolinera donde despachaba Antonio Vías, se mezcla con Nacional Dos, catálogo que extravié, la curva del Joulagua donde barrenó Quinito, el chalet del tío Rufino, la Huerta Valdés, el cartel con el nombre del pueblo, la cueva de Ciernes, final de una historia invisible, y el resto ya era el viaje, aquello que se veía de frente y por el cristal del parabrisas delantero, el del chófer y la persona de más edad. Los críos íbamos atrás. Pues bien, esa foto, ese espejo retrovisor, el de la memoria, es lo máximo a cuanto puedo llegar como metáfora hablando del trabajo de Díaz-Maroto a través del cedazo de mi escritura, pobre y humilde pero sincera. La tierra de Asturias, parafraseando a mi querido Dionisio Ridruejo, no da para más.
Ahora bien, si lo que se me pide es que escriba, o reflexione, en torno a la fotografía como experiencia vital, podría escribir mil páginas, pero seguramente todas iguales a éstas, tan lacrimógenas y mal traídas. Por ello, en mi cortedad sólo puedo añadir, aparte de lo anterior que llevo escrito, que de todas las dichas melancolías, y otras que me guardo, tienen la culpa gentes como José María Díaz-Maroto. Esos paladines, que ven y se arriesgan dos veces, Javier Bauluz, otro amigo muy querido, a los que siempre recuerdo con una cámara colgada del cuello, a modo de corbata. Fotógrafos: guardianes de mi memoria, consuetas de mis sentimientos, testaferros de mi pretérito, de veras y con el corazón lo digo, y no pongo más: os quiero.

Miguel Ángel Galguera
Valladolid, agosto de 2002.

Texto incluido en el libro “Un camino natural”

Pilar García Merino

Texto incluido en el libro “Bloc de notas” , Colección La Kursala, Universidad de Cádiz.

LA HUELLA DE LO REAL
Como si de una expedición arqueológica se tratara José María Díaz-Maroto emprende un recorrido entretejido de huellas, vestigios y rastros del ser humano.
Con un comportamiento fotográfico -y casi topográfico- siente la compulsión de viajar al exterior en una búsqueda obsesiva por encontrar la verdad de las cosas. Pero el viaje que va a iniciar comienza como un ejercicio de introspección hacia el núcleo más profundo de su propio “yo” porque la belleza exterior no es más que el reflejo de una vivencia interior.

Entre idas y venidas, entre disparo y disparo, José María va deshojando el calendario. De La Habana al Amazonas, de Santo Domingo a Rabat, de Marrakech a Berlín y de regreso a Madrid.
Cuando viaja a La Habana estampa con su mirada la arquitectura importada de zonas industriales de los Montes Urales.
Se adentra en el escenario de la jungla tropical para inmortalizar un puente trazado con hormigón armado, tiralíneas diagonal de violentas directrices desafiando laderas de naturaleza terrena.
Y en un hotel de lujo en Brasil observa la enredadera de pelo en centeno, que trepa por la espalda pro-púber, de una anglosajona amazona.

Un decadente Café berlinés. Un monumento de cemento rayando el viento. Dos parejas de enamorados en el Malecón cubano. Vestigios del pasado y retazos de un país lejano.

José María siempre mira de frente buscando en el horizonte la estela de alguna estrella o un nuevo sol tropical.
Don Juan, Casanova, James Bond. Latin lover sin Photoshop.
Vital, divertido, leal. Gin Tonic. Ron Brugal.
Amanece cada día en habitaciones vacías y de madrugada, entre sábanas veladas, se le insinúan sinuosas unas curvas peligrosas. La huella de su propio cuerpo. Un paisaje visceral. La impresión del ser humano sobre fibra natural.

Cronista sin pretensiones. Fotógrafo apasionado. No hay pose ni hay artificio. No hay manipulación. Retrata la vida, tal cual, sin forzar la situación, sin provocar el encuentro ni esperar el momento concreto.
Sus fotografías son el resultado de una intensa actividad y parecen lograrse así como “sin querer”. En este punto reside el verdadero interés de su obra: el arte de sublimar el hecho más cotidiano, la vida más simple y trivial, en cualquier instante y en cualquier lugar.

Pilar García Merino
Diciembre, 2010
Texto incluido en el libro “Bloc de notas”

Rosa Olivares

Texto incluido en el libro 100 FOTOGRAFOS ESPAÑOLES /100 SPANISH PHOTOGRAPHERS, editado por EXIT

Dentro de la tipología de caracteres que el arte contemporáneo nos ofrece, sigue existiendo esa que, aunque pueda parecer un tanto romántica hoy, define al artista como un viajero, un hombre curioso, tranquilo, que va reflejando en su obra su entorno familiar, sus paisajes queridos… ese tipo un tanto heredado del artista plein air. Díaz-Maroto podría ser encuadrado en este grupo amable cuyo objetivo no es transgredir, denunciar, ni tan siquiera producir una obra cercana a ninguna moda, ni experimentar con las nuevas tecnologías. Su trabajo se inscribe dentro del documentalismo intimista, subjetivo, que ofrece imágenes sacadas de la realidad cotidiana para tamizarlas por la subjetividad de una mirada que elige lo anecdótico, lo sencillo, lo que todos hemos podido ver, sin buscar lo excepcional. Se trata de una fotografía pura, que sigue la tradición del blanco y negro, la del instante decisivo. Tampoco podríamos decir que busca reflejar la belleza, tal vez la tranquilidad un objetivo mas cercano para él. Es la suya una fotografía que descansa y se enriquece con los recursos propios de la fotografía, que de la fotografía procede y su es sencillamente la fotografía. Transformar el mundo habitado, el mundo contemplado, esos fragmentos escogidos por la mirada del artista, en fotografía, en papel, en un recuerdo, en un objeto: ese podría ser su sentido final. Y el mundo que Díaz-Maroto refleja es un mundo agradable, tranquilo, entrevisto en sus viajes y en esos retratos de gente sencilla, algunos cercanos a él y otros simplemente cazados en la calle: personajes que tal vez sorprendan al artista por vivir en otros mundos tal ven no tan amables.

En sentido formal, las fotografías de Díaz-Maroto han evolucionado muy lentamente hasta sus últimas obras, ya en el año 2000, cuando parece que se ha centrado más en el paisaje, aumentando los formatos y demostrando más abiertamente un dominio técnico que, si bien hace tiempo que tiene, no había sido algo esencial para su trabajo. Pertenece Díaz-Maroto a ese grupo informal de fotógrafos madrileños que han hecho del ejercicio de la fotografía una profesión paralela, a caballo entre el concepto de fotógrafo, anterior a la confirmación de la fotografía como arte autónomo, y las nuevas generaciones de artistas, que eligen la fotografía como medio de expresión.

Texto escrito por Rosa Olivares (*) para el libro

100 FOTOGRAFOS ESPAÑOLES /100 SPANISH PHOTOGRAPHERS

Juanjo Puerma

Texto incluido en el libro “Bloc de notas 2”, editado por el CEART.

QUIEN LE CONOZCA, LO SABE

Martes 19 de julio del año 2011. Son las siete de la tarde. Enciendo mi ordenador. Ya preparado para su abordaje, espero el vagabundeo en el aire de una de esas ingenuas señales inalámbricas que me permita acceder gratuitamente a la Red. Doy con una, detengo su vuelo con mi atrapamariposas y rápidamente tecleo en la tira vacía del buscador de Google: José María Díaz-Maroto. Aparecen 320.000 entradas en 0,25 segundos. Leo y leo acerca del conocido fotógrafo. Las diez y media de la noche. Pierdo la señal y me quedo colgado sin dar con eso no dicho que me permitiera saber más de quien más me interesaba: el desconocido José María Díaz-Maroto. Porque, ¿alguien sabe quién es –realmente- este tipo tan sociable y atrayente, de personalidad opulenta y rica en pasadizos secretos?

En El Libro de la Nada, Osho asevera: “No hay distancia entre tú y el final del camino. Eres el buscador y eres lo buscado. Eres el adorador y eres lo adorado ”. El territorio de Díaz-Maroto no es uno de tantos porque por él, él transita con el porte de quien ya conoce sus caminos; es el hombre que, recorriéndolos, se halla. Y también sabemos que se adora. Entonces, ¿hablaba Osho de Maroto? Conociendo a José María no es de extrañar que este maestro zen tenga una tarjeta de visita suya.

Efectivamente, José María Díaz-Maroto es ese hombre que sale al mundo, se busca y sabe darse alcance; la recompensa obtenida es él mismo, sus fotografías liberadas de servidumbres, su arrojo, el moreno sempiterno de su piel, la sonrisa del pícaro que hace por comer más uvas que el ciego y su lazarillo, las anécdotas y la literatura de sus idas y venidas, su innegable carisma, lo magnético de su sola presencia, la fruta madura.

La vida de algunas personas también late en otras muchas vidas posibles, vidas distintas a esa otra que suele malinterpretar nuestros propios deseos y anhelos. Cuando el Díaz-Maroto fotógrafo se cuelga la cámara del cuello, ya está respirando en una de sus vidas posibles. El resultado son tomas fotográficas que José María hasta podría atreverse a ver con los ojos cerrados, porque él fotografía impresiones y recuerdos, aromas de luz y color, sensaciones, instantáneas de un aquí y ahora fugaz captado con vocación de hacerlo permanecer. Pero nosotros, los profanos, ¿qué vemos en sus fotografías? O mejor, ¿qué podemos ver? Quizás no existan otros mundos pero sí existen otros ojos, miradas distintas que crean realidades, ojos que se desacostumbran para poder ver y observar lo común de otra manera y aún sorprenderse y sorprendernos; ojos capaces de descubrir esos otros mundos que, con otros ojos, no existen. No por casualidad fue un visionario como George Orwell quien dijera que ver lo que se tiene delante de los ojos exige un esfuerzo constante. Con sus fotografías, José María Díaz-Maroto nos minimiza ese esfuerzo. Acertaba la espléndida fotógrafa Pilar García Merino cuando decía de Díaz-Maroto que él lograba sus fotografías como `sin querer´. Y aún así o quizás por eso, sus fotografías son como las gotas gordas de una pasajera tormenta de verano: oportunas y refrescantes. Y calan. Hojeando este libro se podrá oler el aire limpio que dejan.

No puedo terminar sin decir que las personas felices – y con cocientes intelectuales que descarten la idiotez- deberían ser declaradas un bien común y Patrimonio de la Humanidad. José María Díaz-Maroto pertenecería a esa estirpe de hombres felices que, inteligentemente, aún mantienen el quehacer vitalicio de darse cuenta de que lo son. El escritor alemán Ernst von Feuchtersleben decía que el arte no sirve para consolar; quiere ya a consolados. Y, verdaderamente, en el ánimo y alarde de sus fotografías, José María Díaz-Maroto se retrata. Pero él es, también, el hombre de las gestiones y gestaciones, el hombre que cree para poder ver lo que está por ver, el que resuelve, un no fumador muy capaz de dar relevancia al humo sólo porque éste puede elevarse. Quien le conozca, lo sabe.

Juanjo Puerma

Texto incluido en el libro “Bloc de notas”

Ricardo Lozano Aragüés

Texto incluido en el libro “Sol y Sombra”, editado por la Galería La Caja Negra.

EL INTERÉS DE LO COTIDIANO

Para José Mª Díaz-Maroto la fotografía es un arte vinculado a la alegría de vivir, a la alegría de compartir, a la alegría de soñar. Le gusta pensar en la alegría como categoría moral y como centro motor de las actividades humanas, incluso como razón de ser del pensamiento. Creo que para él su vitalismo, que está permanentemente presente en sus imágenes, es una de sus pocas obligaciones irrenunciables. No ser leales a esa obligación significaría menospreciar la fortuna, nunca del todo merecida, de poder participar de la realidad. Como autor, ha segmentado qué realidad quiere fotografiar. Sin el color, sin las líneas, sin las luces y sombras elegidas no habría dudado en sentirse algo perdido. En cambio, con sus fotografías ha encontrado pequeñas historias que quiere contarnos y a través de las cuales nos ayuda a encontrar referencias de nuestro mundo. Momentos de encuentro entre personas, de fugacidad en sus caminos, de sencillez en las combinaciones de colores, de simplicidad en el reflejo de las curvas de las carreteras al lado del mar, referencias, tal vez, para permitirnos equilibrar o hallar soluciones para nuestra desesperación contemporánea. Busca lo sencillo, captar un instante aparentemente fácil, aunque siempre hay que recordar que no hay nada más sutil que la rutina, lo obvio, pues es ahí donde nos conmueven los matices.

Con el título de su libro, Sol y sombra, parece intentar resumir en pocas palabras en qué se basa cuando decide plasmar en una fotografía lo que ven sus ojos. Dónde y cómo mira cuando desea alcanzar un instante que cambie su naturaleza fugaz por una imagen con vocación de permanencia. Todo para mostrárnosla, para que curioseemos en su interior y busquemos realidades que pasarían desapercibidas para casi todos nosotros. Luces y sombras que recorren y enmarcan las fotografías que ha elegido para ilustrar estas páginas y que, quizás sin pensarlo, resumen su larga trayectoria como autor.

Suele señalarse con acierto que la fuerza de una fotografía reside en que preserva, abiertos al análisis, instantes que el flujo normal del tiempo reemplaza inmediatamente. Esto es cierto especialmente en el caso de Díaz-Maroto, pero porque su tiempo parece que es el mismo siempre, nuestro tiempo, el tiempo de hoy o de mañana o ya pasado, da lo mismo, porque no tiene importancia. Es indiferente cuando se ha captado ese instante congelado, porque Diaz-Maroto no fija un tiempo, nos acerca algo que ocurre en un espacio, que se crea en un entorno, en un lugar cualquiera, pero que ya se ha incorporado a la cámara y que ya está a disposición del mundo, de todos los que queramos descubrirlo. Y lo que importa ahora es que las fotografías causen impacto en tanto que muestren algo curioso. La fotografía es una herramienta para tratar con cosas que todos conocen pero a las que nadie presta atención.

Esta es su propuesta estética y, por qué no, su propuesta personal y vital de fotógrafo urbano con toques de elegancia, de viajero prudente con una pizca de indiscreción, de paisajista cercano y espiritual. Todas estas facetas se presentan y se mezclan por sus fotografías con sencillez, sin hacer ruido, con esa facilidad del buen hacer, del profesional acostumbrado a buscar y rebuscar, sabiendo rescatar y encontrar el interés de lo cotidiano.

Ricardo Lozano Aragüés