Texto incluido en el libro CARTOGRAFÍAS DE LO COTIDIANO editado con motivo de la exposición en el Centro de Arte Alcobendas (2026)
Entre peso y levedad
José María Díaz Maroto, es un autor español de gran influencia dentro del ámbito de la fotografía contemporánea y documental. Madrileño, ha desempeñado diferentes roles dentro del universo fotográfico, comisario de exposiciones, docente, conservador, promotor cultural y sobre todo fotógrafo.
Sus fotografías nos devuelven una mirada vívida, que activa en nuestra mente los postulados del esteta Roland Barthes acerca de la inmortalidad del referente. La vida es narrada desde sus personas, en el cansancio, arrugas o sonrisas de sus gentes.
En una línea que podría ponerse en diálogo con Hannah Arendt, diría que la obra de José María Díaz-Maroto habita espacios cargados de una latencia política, no tanto en su formulación explícita como en sus fisuras. Su mirada parece desplazarse hacia los bordes: arquitecturas que se presentan casi como carne viva, escindida, atravesada por grietas. En ese sentido, las imágenes de La Habana pueden leerse como superficies donde se inscriben tensiones históricas no resueltas, mientras que Belo Horizonte aparece más bien como la persistencia de un ideal urbano que, con el tiempo, ha ido perdiendo nitidez. El mar, desde el malecón no puede ausentarse de esta bitácora de su viaje.
Una luz amarilla baña la fachada de un hogar y contrasta con la soledad de una figura en el exterior, sumergida en azules. En la obra de José María Díaz-Maroto, el color no solo describe: modula la emoción y articula el paso de una escena a otra con una serenidad casi suspendida.
Somos, en todos los casos, espectadores de un transcurrir que parece detenido en lo cotidiano, en un estar que, pese al movimiento, se percibe inmóvil. Sus personajes arrastran una leve sombra, un velo apenas insinuado donde asoman la incertidumbre y los sueños que nunca terminan de tomar forma.
Hay en estas imágenes una tensión sutil entre peso y levedad —en un eco que remite a La insoportable levedad del ser— donde la vida no se impone como tragedia, sino como una persistencia silenciosa que el tiempo no aligera del todo.
La pregunta sería, ¿por qué insistir en la zozobra, en el documentalismo que nos afecta el aliento y sobrecoge pese a que intentamos sobreponernos a sus efectos? A veces, simplemente los artistas son como polillas ante la luz: no pueden resistir la tentación aunque saben que hay un riesgo que se cierne sobre su creación.
Los encuadres picados y laterales de Maroto no nos traen calma, sino más bien fatiga y mucha incomodidad. El ojo no logra relajarse, abrazar el placer retiniano. Al contrario, nos embarga un sentimiento de sospecha, de vigilia al que el artista simplemente nos conduce y abandona, como si de una habitación laberíntica y fría se tratase y fuéramos incapaces de limpiar el lente y encontrar consuelo en el horizonte.
¿Es una postura cínica? No necesariamente, pero tampoco es complaciente ni edulcorada. En la obra de José María Díaz-Maroto no hay absoluciones. Su mirada evita los lugares comunes y rehúye cualquier gesto de redención fácil: no embellece, no suaviza.
Más bien se adentra —como en una suerte de inmersión— en los estratos más densos de lo cotidiano, allí donde el devenir humano se muestra sin filtros. Incluso cuando el contexto se vuelve áspero o incómodo, no hay juicio explícito, sino una insistencia en mirar de frente.
En sus vistas del malecón habanero, por ejemplo, la presencia constante del agua parece tensionar la imagen: no como símbolo cerrado, sino como un elemento que desborda, que insiste, que ocupa tanto los márgenes como el centro de la escena.
La obra de José María Díaz-Maroto se sitúa así en un territorio donde la imagen deja de ser mera representación para convertirse en un campo de tensión: entre presencia y desgaste, entre memoria y devenir.
En ese umbral, lejos de cualquier resolución, la fotografía se afirma como un espacio donde lo visible no se agota, sino que continúa interrogándonos.