Texto incluido en la revista DESENCUADRE en el nº 9 (2025)
Asomarse al tiempo
Una puerta abierta de un coche enmarca divisoriamente un paisaje volcánico, a través de los dos planos de la ventanilla angular —casi guadaña— y de lo que queda fuera de ella como continuidad, pero sobre todo abre y da acceso a mirar el espacio de la realidad que se muestra, a modo de veladura que se desvela. Como si a ese espacio exterior se diera paso desde el interior del coche, entreabierto, y desde donde sale y, conjuntamente con el autor, se libera también nuestra mirada. Es una percepción del paisaje que no existe fuera de la imagen y esa es su singularidad. Se trata de una soberana metáfora de la fotografía como viaje y acceso a la parte imaginaria pero verosímil de la realidad.
No es Díaz-Maroto un fotógrafo estricto de paisajes, sino de espacios temporales, de paisajes habitados de algún modo, en los que la presencia humana se torna perceptible, cada vez más, como la presencia de una ausencia, como objeto, sombra, latencia que la presupone: asientos de espera vacíos, la fachada o rincón donde late una luz parcial que puede llamar la atención sobre un elemento inesperado (una bicicleta en el interior de una iglesia), sombras, sobre pared, de personas que pasan y formas doblemente escalonadas, la presencia de una escultura suspendida en el aire, el tejido de cables superiores que casi trazan —como a la persona que cruza en bicicleta la calle— una vía o, a guisa de colofón, el autorretrato de su sombra desdoblada sobre un muro, especie de huella o firma del fotógrafo. Todo lo humano le atañe y, por tanto, no es una fotografía que ame la impasibilidad, sino que más bien persigue la serenidad.
Mediante el sistema sutilmente metafórico de una composición madura, contrastada en planos y equilibrada, la imagen suscita otra ausente de cuya asociación sale su sentido poético. Porque, a diferencia de fotógrafos que luego reencuadran sus fotografías, Díaz-Maroto parece ofrecernos ya el encuadre de la imagen desde el momento en que su mirada selecciona aquello que fotografía y, sobre todo, decide que no aparezca o solo de modo parcial, de manera que podría decirse que tiene un ojo, más que selecto, selectivo. Un fotógrafo es un ojo que selecciona fotogramas de película del vasto panorama que pasa ante nosotros y vemos cada día. Porque esta es otra característica de Díaz-Maroto: sus fotografías no son resultado de una construcción, un artefacto, sino de un deslizamiento sigiloso hacia los pálpitos de la realidad. Y esto afecta a los espacios que son escenarios de la imagen: nada de fotografía de estudio, sino de exteriores o interiores donde, en cualquier caso, fluye la vida abierta o íntima.
Un rasgo que merece mencionarse es su innata habilidad cromática para hallar tonos y colores complementarios en espacios, texturas, paredes, materiales, objetos y personas que capta: la paleta ocre y gris, terrosa y azulada o encarnada y, en contraste, blancos calizos y lechosos, todo en función del lugar, la hora, la luz, la estación y la escena que acoge la imagen, que puede resolverse, verbigracia, en un fresco de tejados.
Otra valencia de algunas fotografías es su trabajo sobre paisajes en neblina o reflejos, que permiten contrastar planos, elementos, presencias, desdecir límites y contornos, reflejar espejismos. También está atento a las huellas creadas por el paso del tiempo, histórico o climático también, pero siempre trascendiendo lo tangible como inesperado, vistas en el corte de un bloque del Muro de Berlín, cuyo canto superior remata lo que, de repente, remite a una especie de llave antigua o de cañón abierto y truncado, y en las texturas de suelos o paredes, sumadas a otras de tradición visual de ciertas inscripciones y abstracciones casi cartográficas.
Si Antonio Machado pudo escribir que la poesía era palabra en el tiempo, puede decirse que la poética fotográfica de Díaz-Maroto es imagen a su tiempo. No es el instante decisivo, que pasa sin apenas parar un punto, sino el momento que se detiene resultado de una observación intuitiva. En sus imágenes hay tiempo. Hay tiempo para hacer la fotografía y hay tiempo en su contenido, un espacio de tiempo donde este se destila. En algunas de sus imágenes, vemos a personas o siluetas a contraluz que, en una pose o postura de perfil, de espaldas o sobre una baranda, se asoman a ver qué pasa o la vida pasar. Y eso es la fotografía de Díaz-Maroto: un asomarse al tiempo de la vida que pasa, en sus imágenes, de una manera muy pausada.
Antonio Gago Rodó