Paisaje deshabitado. José Manuel Ballester

Exposición en el CEART Centro de Arte Tomás y Valiente
Fuenlabrada, Madrid.
Comisario: José María Díaz-Maroto

Texto incluido en el catálogo
“El paisaje no es un decorado”, no es nada más que una colección, un sistema de espacios artificiales sobre la superficie de la tierra. Aunque se encuentra en la naturaleza, nunca es solamente un espacio natural, un aspecto del entorno natural; siempre es artificial, siempre es sintético, siempre está sujeto al cambio súbito e imprevisible .
John Brinckerhoff Jackson.
La cruz. 2009

Con el título “Paisaje deshabitado” José Manuel Ballester nos muestra, en más de una treintena de obras, la conformación de un proyecto expositivo donde sobrepasa el límite de la fotografía estrictamente arquitectónica, y donde el resultado trasciende a una narración estética de un estado y estilo propio en el tiempo y en el espacio.
Desde hace décadas Ballester ha estado obsesionado por la naturalidad de los espacios industriales y/o en construcción, y en esta exposición nos recibe con piezas de gran formato y con una peculiaridad innata a todas las obras…. son paisajes deshabitados; su perfección e impecable equilibro resulta seductor, melancólico y con una riqueza embriagadora llena de color y textura.
Está concebida en cuatro espacios, cuatro áreas diferenciadas por el color y el establecimiento virtual de evocaciones sensoriales, a modo de diferentes periodos que llamamos estaciones con características similares y que nos afectan de forma directa (tristeza, alegría, calidez, frialdad…).
En la cuidada y sosegada selección de estas obras, donde se incluyen obras realizadas en museos como Nuevo Rijksmuseum (2013) o Galería Principal (2015) del Museo del Prado, no se intuye casualidad alguna. Visitante frecuente de museos y salas de arte desde que empezó a estudiar Bellas Artes, en sus primeras obras pictóricas podemos encontrar villas y templetes fundidos en la naturaleza, que nos encaminan a los clásicos. Con el tiempo, este interés por la naturaleza se fue purificando y actualizando con la incorporación de las nuevas formas del mundo urbano, manteniendo intacto el interés por la arquitectura mostrada en obras maestras de espacios en construcción, ciudades y espacios museísticos.
José Manuel Ballester no encuentra la inspiración de su trabajo únicamente en la arquitectura establecida y ordenada, sino que indaga y escudriña los espacios de fricción que se dan entre la naturaleza y la ciudad, la pintura y la fotografía o entre lo fabricado y lo original.
El compromiso y la manera de acometer sus proyectos está llena de coherencia, el estilo y propiedad de sus obras es perceptible de forma inequívoca, siendo indiferente el territorio o hemisferio donde se halla realizado la intervención; en este proyecto son las ciudades de Estambul (Palacio Topkapi), Granada (Huerta de San Vicente, Casa-Museo Federico García Lorca y Patio de los Leones, Alhambra de Granada), Ámsterdam (Rijksmuseum), Segovia (Monasterio Santa María del Parral), Beijing (y otras ciudades de China), París, Ciudad Real (Tablas de Daimiel) o Madrid (Museo Nacional del Prado) las elegidas.
Todos tenemos en nuestra memoria grandes obras de arte clasificadas como universales que forman parte de nuestra cultura, y que hemos podido visitar en museos, o simplemente hemos visto alguna vez en publicaciones de historia del arte, de igual forma creemos conocer lejanos paisajes que quizás simplemente hemos podido contemplar a través de datos y estímulos visuales que percibimos y que a través de un proceso de síntesis convertimos en una imagen como forma.
En esta ocasión José Manuel Ballester genera una nueva visión y versión de obras clásicas mundialmente conocidas, a las que, a través de su intervención, despoja de toda presencia humana, eliminando cualquier huella que pudiera darnos pistas de que algo está ocurriendo, de manera que la obra se convierte estrictamente en un paisaje, pasando a tomar especial relevancia lo que hasta ahora había permanecido invariablemente en segundo plano como podemos ver en “El Jardín de las delicias” de El Bosco convertido en “El jardín deshabitado” (2008), “La Primavera” de Botticelli en “Primavera (2015), “La Anunciación” de Fray Angélico en “Lugar para una anunciación (2007), el “Cristo crucificado” de Velázquez en “La Cruz (2009), la “Crucifixión” de El Greco en “Lugar para la crucifixión (2013)y “El Calvario” de Rogier van der Weyden en “Lugar para el Calvario (2015).
Lugar para una anunciación. 2007

Cuando contemplamos estas obras carentes de personas, lo que miramos no es otra cosa que una fotografía, y sin embargo en nuestra mente se intuye la aparición de una imagen que se compone de una síntesis entre imágenes de la percepción e imágenes del recuerdo. Aun cuando no las hayamos visto nunca tal y como que originalmente fueron concebidas, en nuestra mente tenemos un recuerdo colectivo asociado a la imagen original al que recurrimos, y que hace que tendamos a imaginar y rellenar los huecos vacíos que encontramos en la obra presente ante nuestros ojos.
Sus obras irradian un cuidado cromatismo, preserva hasta el mínimo detalle, su manera de encuadre directo y frontal se aparta de ambiguas angulaciones, rehusando la utilización estándar de recursos efectistas, en definitiva José Manuel Ballester busca la verdad de una mirada limpia en el espacio y en el tiempo.
Pero el paisaje es algo más que una sencilla imagen notarial o un lugar determinado desde un punto de observación. El estudio del paisaje establece una ciencia de integración multidisciplinar que es necesario definir de forma cristalina y de resituar dentro del perturbado mundo del arte contemporáneo. El paisaje en su esencia, aquel que está alejado de nosotros, el panorama anterior al confín de nuestra vista está perfectamente representado en esta muestra con las obras Montañas 1 (2013), Montañas de carbón 2009, Montañas Zhangjilaejie (2013) y Atardecer Gullin (2009) tal y como lo conocemos, “natural”, percibido como un todo donde los factores que constituyen la obra son embarazosos de despejar. Por insólito que parezca, la capacidad que sugiere la palabra “paisaje” nos lleva más a lo que se intuye que a lo que vemos, “existe una gran interacción entre lo visto y lo oculto, entre lo que se percibe de forma directa y lo que pertenece a la memoria y a la imaginación” .
Como es sabido, los primeros pasos artísticos de José Manuel Ballester iban encaminados hacia un arte realista utilizando la pintura como medio creativo, pero paralelamente incorporó de forma contundente la disciplina fotográfica a sus creaciones, algo que le llevó a tener un importante reconocimiento crítico demostrado con el otorgamiento en 2008 del Premio de Fotografía de la Comunidad de Madrid y en 2010 el Premio Nacional de Fotografía. Pero lejos de relajarse después de obtener estos galardones, Ballester no ha cejado de cuestionarse la esencia del arte en su totalidad y sus propias posibilidades, yendo siempre un poco más allá, como puede verse en esta muestra.
Como indica el propio Ballester en una de sus numerosas conversaciones sobre su trabajo con Lorena Corral
“El proceso de mi obra no viene marcado por pautas aisladas en cada imagen desde que la imaginas hasta que la produces y te encuentras con su materialización. Más bien, cada obra forma parte de un flujo de ideas, de inquietudes, de preferencias que se van manifestando a través del circuito que forma cada serie de trabajo. Una serie luego te traslada a otra y todas juntas son las que van trazando un camino y conforman un retrato. Creo que, efectivamente, mi trabajo se rige por unos temas muy claros: tiempo, luz y espacio. A partir de ahí he ido encontrando muchas formas de enfocar la relación entre sí de estos temas”.
Sin ataduras, y con la misma intención, simultanea la creación fotográfica con la pintura, ambas le sirven como reflexión creativa sobre el mundo y la condición del ser humano. José Manuel proclama su transición de la pintura a la fotografía afirmando que “trata de pintar con la cámara y fotografiar con los pinceles” buscando elementos recurrentes como lugares de paso, espacios vacíos, exteriores, territorios que dan paso a vacíos, ausencias o aristas misteriosas. En estos juegos de luz y espacio, el tiempo, elemento fundamental en su obra, busca la belleza pura donde en múltiples ocasiones resulta turbadora.
Desde la ciudad. 2009

Pero la relación entre las dos disciplinas no la encontramos únicamente en sus obras “transformadas”, sino que va más allá, en las fotografías de espacios como el Coro del Parral 4 (2013), Ullens Center Beijing (2010), Patio de los Leones (2015) o el Palacio Topkapi (2014) donde experimenta con la frontera entre la abstracción y la figuración, mostrándonos cómo los límites en el arte no son tan rígidos, donde la abstracción y la figuración no son independientes, sino que cada lenguaje necesita de su opuesto. De nuevo constatamos que el espacio, la luz y el color son elementos fundamentales en la obra de José Manuel Ballester.
Y siguiendo el orden inicial establecido, en la muestra destacan de manera sublime las obras Estudio 2 (2010-2016), Estudio 3 (2013-2016) y Estudio 4 (2015-2017) pertenecientes al proyecto “En el estudio”, en el que reflexiona sobre la revisión de su hábitat más asiduo y privado: “su estudio”, aunque en su caso no se corresponde notarialmente al lugar de su trabajo real, sino más bien a un espacio mental en el que de nuevo la luz, los encuadres turbadores, la línea y el rastro de la memoria, protagonizan la magia de su trabajo.
José Manuel Ballester ha sido capaz de transformar y construir en el emblemático y simbólico espacio del Centro de Arte Tomás y Valiente CEART una mirada única “su mirada”, llena de escalas, explorando con pulcritud y armonía sus eternas pasiones creativas: espacios, silencios, estancias y materia.

José María Díaz-Maroto
Comisario

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