Chiapas, 1999

Viaje al estado Chiapas realizado en 1999 para la Revista Excelencias Travel.
Texto y fotografías: José María Díaz-Maroto

San Juan de Chamula, Chiapas 1999

Dos horas después del despegue, desde una de las ciudades más grandes del mundo, México D.F., me encuentro en Tuxtla Gutiérrez, primer destino de uno de los viajes más apasionantes que he podido vivir.

Desde el primer día, sábado 15 de mayo, San Isidro, festividad que aquí, como en la capital de España (Madrid), también se celebra, todo me resultó familiar. No me sentía extranjero y era como si los transeúntes me fueran conocidos. Es por lo que me dije a mí mismo que iba a disfrutar de este país, de sus gentes, de sus paisajes y de todo lo que se me presentara en el camino.

Hacia la selva, Chiapas 1999

Sin pasar por el hotel, los miembros de la Secretaría de Turismo que me fueron a recoger al aeropuerto, Moisés Gómez, José Alberto López y Roberto Díaz, el incansable chófer, me condujeron al famoso Cañón del Sumidero. Se encuentra en la carretera de Tuxtla Gutiérrez a Chiapa de Corzo, ciudad fundada en 1528 como primer asentamiento de los conquistadores españoles en Chiapas.

Ruinas mayas, Chiapas 1999

Desde un embarcadero y sin mediar palabra, me ví en una lancha motora en dirección al cañón. Las paredes rocosas no tardaron en crecer verticalmente ante mis ojos, hasta más de mil metros de altura. Moisés me contó la leyenda de los mayas que, derrotados por los conquistadores españoles, se lanzaron al abismo desde lo más alto del cañón para evitar una penosa esclavitud. Aves carroñeras se acercaron a nuestra embarcación curiosas y numerosos manantiales brotaban de las rocas, creando con la vegetación, paredes verdes.

Visitamos la casa de una señora a la que le sobraban tablas para enfrentarse a mi cámara, lo había hecho en numerosas ocasiones y como si de una actriz profesional se tratara. Se ganaba la vida pintando trabajos con delicadeza. Su dulce mirada, apaciguaba el pelín de estrés del viaje y salimos de su casa con la tranquilidad necesaria para disfrutar de mi primer atardecer en tierras mejicanas. La orilla del río, fue el lugar elegido para despedir el sol. De esta romántica manera terminó mi primera jornada.

Poblado indígena, Chiapas 1999

Con las primeras luces fotografíe el espléndido Hotel Camino Real, su piscina y sus exteriores, inspirados en poblaciones mayas, vegetación frondosa, piedras majestuosas y mucha agua, denominador común de Chiapas. La poca información que los europeos tenemos del Estado de Chiapas, hace que desconozcamos que es uno de los estados más bonitos de México. Su frondosidad, sus selvas, las cascadas naturales, los saltos de agua y sus gentes, forman un conjunto difícil de encontrar en el Caribe.

San Cristóbal de las Casas, Chiapas 1999

San Cristobal de las Casas, Chiapas 1999

Baloncesto, Chiapas 1999

Una vez preparados en nuestro Chevrolet “suburban”, nos encaminamos a una de las ciudades más simbólicas del Estado, San Cristóbal de las Casas. Por el camino, paramos en varias aldeas indígenas, entre las que destacaba San Juan Chamula.

En carretera, disparaba mi cámara de manera convulsiva, pero era inevitable. En ocasiones, con mucho pudor, tenía que pedirle a Roberto que parara, ya que el paisaje que aparecía ante mis ojos había que disfrutarlo con más calma. Fotografiaba a niños que paseaban tranquilos por la carretera, o a poblaciones que se encontraban en otros niveles de altitud, y que parecían miniaturas en un lienzo.

Selva de Lacandona, Chiapas 1999

Por fin llegamos a San Juan Chamula, a 10 Kms. de San Cristóbal de las Casas, el centro indígena más conocido y de más fácil acceso. La Iglesia, el monumento más sorprendente de la localidad, era el único lugar de los que visité donde estaba terminantemente prohibido hacer fotografías. Hay cosas que deben disfrutarse de la manera más sencilla, observando sin atropellos, ingiriendo la humilde cultura de estas personas. Entrar en la Iglesia de San Juan Chamula producía una sensación difícil de explicar. La primera sorpresa era la ausencia de bancos. Las imágenes religiosas ocupaban los laterales, pero no había altares, estaban a la altura de los fieles y llevaban en el pecho un espejo. Eran los indígenas, los que construían, cuando iban a orar, sus propios altares con pequeñas velas, flores e incluso alimentos. Cuando observaba esto desde mi formación católica occidental, me daba cuenta de que algo fallaba. Ahí sí había fe, ahí sí había humildad. Quería retener toda la paz de espíritu de este lugar. Pasada esta experiencia, recogí las cámaras y ya sin parar, nos dirigimos a San Cristóbal de las Casas. Enclavada en plena zona indígena, presentaba el contraste de su hermosa arquitectura colonial española y un ambiente ciento por ciento indígena, acompañado de sus costumbres y tradiciones.

Indígenas de Lacandona, Chiapas 1999

Fotografiaba con cautela, pero poco a poco me fuí haciendo con los mandos, hasta llegar a un momento tan dulce que parecía que había estado allí desde siempre. Las casas de una o dos plantas, las calles organizadas, las fachadas multicolores, los suelos empedrados, San Cristóbal era una ciudad acogedora, tal y como la había soñado.

Muy temprano, comenzamos a viajar. Retratos en poblaciones indígenas, visitas a ceramistas y, sin darnos cuenta, llegamos a la zona de los lagos, al sur, camino de nuestro próximo destino: Comitán.

El lago Tziscao es el primero en sorprendernos, grande, majestuoso, limpio y claro. Más tarde, llegamos a la cascada de Misol-Há, treinta metros de caída en un pequeño lago. Por fin, después de interminables curvas, aparecieron las cascadas de Agua Azul, un verdadero espectáculo acuático. Agua y más agua que resbalaba por la ladera de la montaña, recodos, remolinos unidos a la más bella vegetación que un ser humano pudiera imaginar.

Comitán, estábamos en el sur del sur, por primera vez llovía, y llovía de verdad como sólo ocurre en el Caribe, se oscurece el cielo y sin darte tiempo a guardar las gafas de sol, te estás mojando, pero qué agradable era esta lluvia, no estaba fría y parecía alimentar tu cuerpo. Desde los soportales de la bella plaza de Comitán, un recuerdo, las construcciones coloniales, el templete de los músicos, la estridente lluvia y el disfrute lento del paso del tiempo.

aventura en la selva

En la agenda teníamos escrito que al día siguiente partíamos hacia Palenque. Es el centro de la cultura Maya, donde se encuentran las ruinas de Bonampak y Yaxchilán. Las ruinas se encontraban en el centro del Estado de Chiapas, en medio de una inmensa selva. Era el momento de tomar precauciones para nuestra seguridad personal. Siguiendo los consejos de nuestro conductor, la manera más segura de viajar a las ruinas era unirse al convoy militar que todos los días se preparaba al amanecer, en la salida de la ciudad.

Comenzaron el viaje siete vehículos en total, lo que me hacía pensar que había mucho respeto a la hora de entrar en la selva. Por fin, mis guías me lo explicaron todo. No se trataba del miedo a la guerrilla. Hacía ya mucho tiempo que no ocurría ningún altercado relacionado con ella, pero lo que si había era bandoleros que asaltaban los caminos. Una vez recorridos los primeros treinta kilómetros, ya estaba alucinado por el regalo que la naturaleza me hacía, al poder contemplar el amanecer desde una ladera, en plena selva. Bonampak, quiere decir “paredes pintadas”, y se trataba de la obra pictórica más grande de los mayas. El templo de las pinturas presentaba una serie de murales con escenas sangrientas de la preparación para la guerra. La espectacularidad de lo que había delante de mí hacía que me olvidara de todo.

Aumentaba la aventura. Para llegar a Yaxchilán había que navegar en lancha, una hora río arriba. Era mediodía, y por suerte las lanchas tenían una cubierta de guano que aliviaba el fuerte sol y el viaje se convertía en un paseo muy agradable. En las orillas, selva y más selva. Al llegar al embarcadero, sentí que estábamos completamente solos. No pasaba nada, me repetía, mientras oíamos a los mono aulladores. En Yaxchilán, atravesamos un túnel muy oscuro que nos llevó al interior de un templo. Cuando salimos, nos encontramos de frente la gran metrópoli maya, con una inmensa plaza rodeada de edificios ceremoniales.

Luego volvimos a la lancha y bajamos el río. Ahora, la hora se convirtió en 40 minutos. A partir de este momento todo empezaba a convertirse en recuerdos, el viaje llegaba a su fin. Dejé todo el equipo en la habitación del hotel, excepto la Leica, y me dediqué a pasear por la ciudad con lentitud, con tristeza, pero con la seguridad de haber realizado uno de las viajes más apasionantes de mi vida. Chiapas siempre estará en mi corazón.

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